Se cierra La Madrileña y en el pocillo cae una lágrima villamariense

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El cierre está programado para el final de este mes, pero puede darse antes. Se trata de una historia de 90 años, que mejoró las tardes de la ciudad a puro helado en verano y chocolate con churros en invierno

Y un día nos quedamos sin La Madrileña. Se echa llave a una historia de 87 años. Porque fue en 1935 cuando el español Felipe Presencio cerró su almacén de ramos generales en el paraje Monte Los Lazos, recorrió los diez kilómetros hasta el centro de la ciudad y se instaló  con una fonda en la esquina de Carlos Pellegrini y Corrientes, frente a lo que era el Mercado Colón y luego fue el Salón Municipal de los Deportes.

Daniel Altamirano y Hugo Flacco, en el interior de La Madrileña, junto al mural dedicado a la emblemática canción

Según pasaban los primeros años, el establecimiento iba ganando fama y clientela en proporciones semejantes. Y mucho tenía que ver con ello la calidad de sus helados.

El historiador Julio A. Benítez señaló en un artículo que “la base para producir tan rico dulce de leche y tan buenos chocolates era que utilizaba la marca Aguila, cuyo vendedor en aquel entonces era don José René Vidal”, el mismo que por tantos años presidió la Cooperadora del Hospital Pasteur.

Con el tiempo y con su prestigio a cuesta, La Madrileña caminó 350 metros más acá y se estacionó hasta nuestros días en la primera cuadra de la calle San Martín, a una cuadra de la traza urbana que tenía la ruta 9 y a una cuadra y media de las paradas de Chevallier y ABLO, frente a la Estación del Ferrocarril. O sea que todos los viajeros entre Buenos Aires y Córdoba que paraban a almorzar o cenar en la ciudad, al helado lo tomaban en La Madrileña, con lo que el renombre de la confitería y sus productos de excelencia, viajaba por el país.

Para entonces, era el hijo de Felipe Presencio, Felipe Angel, apodado “Cachulo”, quien junto con Juan Masiero, llevaban las riendas del establecimiento.

Ambos tenían en sus manos un proyecto arquitectónico que les hizo poner en línea las columnas del local con las de la Galería Internacional, buscando la conexión entre Yrigoyen, Corrientes y San Martín, lo que colocaría a la confitería en uno de los extremos estratégicos.

Ya eran clásicos por entonces los helados de La Madrileña para el verano y el chocolate con los churros de La Madrileña para el invierno. Y detrás de la barra, las sonrisas de Manuela Moreno (la esposa de Felipe Ángel Presencio, hijo del fundador) y de Carmen Presencio, hermana de “Cachulo” y esposa de Juan Masiero.

Los comerciantes, sus clientes, los viajantes con sus asuntos, los estudiantes con sus chupinas, los visitantes de la región y de más lejos, como los artistas que llegaban para actuar en el Festival de Peñas…, todos tenían que probar los manjares, entre los que comenzó a figurar en primeros planos la picada especial, con una batería de 36 productos en otros tantos platitos.

Una canción, un sótano y toda la cultura

Daniel Altamirano, el poeta que habló con Dios a la una, el cantor de Los de Siempre,  escribió allí la emblemática canción “Los amantes de Córdoba”:

Café La Madrileña,

enero de mil novecientos… recuerdos hermosos…

En 1979, la familia Masiero se desvinculó de la razón social, pero siguió ligado al negocio, que quedaba en manos básicamente de Manuela y de su hija Norma. Así, detrás de la barra comenzó a brillar todavía más el don de gente de Manuela Moreno.

Con la recuperación de la democracia, tras largos años de represión y censura, la sociedad argentina estaba ávida de libertad de expresión y se produjo lo que se conoció como la primavera alfonsinista. Un proceso de ebullición cultural que recorrió la geografía argentina. En ese momento llegó a Villa María Víctor Iturralde, profesor de Teatro y yerno de Manuela, quien decidió crear en el “Sótano” un taller de actuación (en aquel momento, el único elenco era el del Teatro Estable).

Y fue así como nació un espacio alternativo que por un tiempo cobijó a actores, músicos, escritores, periodistas, poetas, los primeros punks y los últimos hippies, además otros inclasificables.

Fue también el primer alojamiento del actor y director teatral Juan Montes, recién llegado a la ciudad, quien en ese mismo lugar presentó su obra “Quien ríe último, ríe mejor” y “La bolsa de agua caliente” de Carlos Somigliana, además de crear los primeros números de la revista Río de Pájaros junto al músico y dibujante Monky Tieffemberg.

En esa misma época se presentó “Juan Moreyra”, obra que debido al éxito que tuvo y frente a lo reducido del lugar, tuvo que salir de gira por los barrios para ser masiva.

Por las tardes y entre sus mesas, el reconocido Claudio Masetti se movía chaplinescamente repartiendo volantes con poemas.

En el mismo Sótano Jorge “Leyenda” Meinardi brindó su concierto de blues. Su cachet fue un tarro de cacao Nesquik que fue comprado entre los asistentes al recital.

Pero no solo el Sótano funcionaba como un centro cultural, sino que toda la confitería se había convertido en una usina de ideas: en el entrepiso, por ejemplo, se realizaron Muestras de Dibujos, Pinturas, Caricaturas y Humor Gráfico.

Al lugar asistían, como se dijo, distintas tribus. Estaban los poetas rodeados en torno a la revista “Huérfanos”, los músicos, la gente de teatro, un grupo de estudio dirigido por Enrique Bares, psicólogo rosarino… Todos ellos, además de la clientela típica.     

Desde allí también nacieron los impulsos para la organización de los masivos “Encuentros con la Cultura” que llevó adelante Víctor Alves en el Salón de los Deportes y que fueron verdaderos festivales populares o el Encuentro de Dibujantes de Humor Gráfico que convocaron a figuras como Fontanarrosa, Ortiz y Peiró, junto a los créditos locales. Todo ello de alguna manera se imaginó, proyectó, conversó y se hizo desde las mesas de La Madrileña.

“Al repasar estos recuerdos de La Madrileña, se despliega un friso vital donde los jóvenes que alguna vez fuimos, encuentran su propio futuro redimido. Ausencias que siguen destellando en el sueño de una vida en permanente creación”, escribió Normand Argarate en las páginas de nuestra Revista del centro del país.

Un gesto de nobleza

Y cuando Manuela ya no pudo más y se fue a Mar del Plata, alumbró otra página grande y noble de La Madrileña: dejó la confitería en manos de sus trabajadores.

A partir de ahí es fundamental la figura de Víctor Hugo, Mario y Daniel Flacco y otros compañeros de trabajo que continuaron la leyenda, como Miguel Garofa, los hermanos Córdoba, “Cachaco” y el gran “Choco”, de la vieja época, la “nueva ola” y hasta el final.

Y ellos hicieron honor al legado, ya que con sus helados artesanales y de alta calidad abrieron una sucursal frente a las compuertas del Balneario Mulinetti.

En el recuerdo por siempre

Cierto día de 2015, desde la Perla del Atlántico nos embistió la noticia del fallecimiento de Manuela. Y el profesor Ricardo Carballo le rindió tributo: “Se llamaba Doña Manuela. Su apellido no importa o nunca estuvo entre nosotros, solo ese ‘Doña Manuela’´ con el que los parroquianos de a pie, melancólicos, bohemios y perdidos en la noche le rendían tributo.

Son varias las generaciones de villamarienses que pudieron verla tras la barra ‘llevando el negocio´ junto a su familia’. No era cualquier establecimiento, era (es) un lugar casi místico en la que diversas cofradías (de comerciantes, empleados, docentes, músicos, filósofos y otros muchos rubros) encontraban el amparo en un café cargado, un chocolate con churros -su clásico intergeneracional- o un ‘helado de La Madrileña’, marca registrada en el corazón de miles de coterráneos.

Doña Manuela, o, simplemente Manuela, como muchos la recuerdan, entendía que la gastronomía no era un negocio, sino una vocación de servicio. Una invitación a ‘dar más y más’´ y para ella ese dar le exigía poner a Villa María a la altura de la gastronomía de las grandes capitales del mundo. La carta de La Madrileña de Manuela era la única en la que cotizaban Campari, Ricardo, Pun e Mes y Ferro Quina Bisleri, además de cortes diversos en las bebidas. Su voluntad de destacarse le regaló a la gastronomía local la Copa 47 -contenida en medio ananá-, la copa Melba -con duraznos y helado- y las ‘baterías´ de 36 platitos’… También el ‘Negrito’´ -ese pequeño chocolate servido en pocillo de café- el que devino en su máximo legado. Un elixir local que se hizo popular en este terruño luego de haber nacido en la primera cuadra de la calle San Martín.

Doña Manuela era única. Ante ella doblaban la cerviz,  quinieleros clandestinos y la propia Policía. A la ley le bastaba su palabra para certificar que el ‘Ratón’´ -un afamado corredor de apuestas- no estaba escondido en el sótano del negocio; lugar en donde, efectivamente, se encontraba. Cuando le preguntaban por qué lo protegía, su respuesta era lapidaria: ‘Porque es buena gente y no obliga a nadie a jugar a la quiniela’´. Claro que ‘la ley´sabía perfectamente en dónde estaba el Ratón’, pero… ¿cómo contrariar a Doña Manuela?

Consecuente con su pensamiento gastronómico, cuando decidió dejar el negocio -de cuyas finanzas a ese momento no tenemos idea- entendió que los empleados que tenía La Madrileña en aquel entonces eran los merecedores por derecho de esa posibilidad. Doña Manuela se adelantó en aquel pensamiento a las ‘empresas en manos de sus trabajadores’´. Era tan novedosa la propuesta que en aquella época algunos aceptaron su oferta y otros no.

Ayer,  en la lejana Mar del Plata -junto al mar que inmortalizó a Alfonsina y lejos del río manzanares de Madrid, con que la asociamos por puro capricho- Doña Manuela encontró su merecido descanso.

Si existe un cielo -aunque no sea tan azul como el de esta Villa de Ocampo- con toda seguridad hoy sirven Campari cortado con Fernet, mientras Doña Manuela -o la Madrileña, como a algunos ‘sotto voce’´ le decían respetuosamente- regala su sonrisa mil veces grabada en la memoria de varias generaciones para iluminar este Día de la Madre”.

Romanticismo

Ella se había ido una vez más y quienes habían sido sus empleados seguían defendiendo el sueño, despachando para la clientela.

Además, la canción de Altamirano atraía a sus admiradores a la ya mítica confitería donde se había inspirado. “Quienes visitan este lugar reconocen las primeras líneas de aquella letra romántica, que según se mitifica, está vinculada a una historia de amor entre Altamirano y una mujer villamariense con la que mantenía sus encuentros en ese café”, se lee en páginas de Internet.

El propio autor fue homenajeado justamente frente a La Madrileña antes de presentarse en 2017 en el marco de la 50ª edición del Festival Internacional de Peñas. Además, el municipio colocó uno de los mosaicos festivaleros como hito histórico del Festival.

Un nuevo golpe

Y el negocio de Felipe Presencio, de Juan Masiero, de “Cachulo”, de Carmen… siguió peleándola hasta que un nuevo golpe la sacudiría. El año pasado, en plena pandemia y víctima de Covid, fallecía Víctor Hugo Flacco.

“Hugo, como le decían sus amigos y conocidos, estaba al frente de un sitio emblemático”, decía nuestra crónica de entonces.

Y señalaba: “Hugo dialogó no hace mucho tiempo con El Diario reflexionando acerca del complicado momento económico que estaban atravesando ante las restricciones por la pandemia de Covid”.

“Desde 2017, el local marcó una nueva impronta con la vuelta de los shows musicales en vivo. Diversos músicos locales y regionales se presentaban de modo frecuente (inclusive este año, cuando las flexibilizaciones transitorias lo permitieron)”, agregaba.

“Hugo era un tipo muy honesto, un amigo y alguien que se jugaba por todo; le importaba mucho el tema de los shows y siempre apoyó eso… era amiguero y por eso, en muy poco tiempo hicimos una buena amistad”, decía el cantante local Palito Sánchez.

Juan Carlos “Titi” Masiero, de aquella familia de hacedores y propietario del local, expresaba ayer a este medio: “El helado de calidad hoy no se fabrica… Los componentes de muchos de los helados que nos venden en la actualidad no tienen nada que ver con la calidad de los que empleábamos; es difícil mantener aquellos estándares, porque la gente no podría pagarlos”.

“Se cerró un ciclo… La fecha de cese es el 31 de julio. El Covid no solo se llevó la vida de Hugo, sino que se llevó a La Madrileña”, agregó Masiero sin arriesgar nada más a futuro.

De momento, sobre el pocillo cae una lágrima.

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