Muchos teníamos apenas dieciséis años; algunos cumplimos diecisiete durante aquel año. Lejos de nuestras familias, vestíamos el uniforme de la Patria y cumplíamos responsabilidades que nos enfrentaban a una posibilidad difícil de comprender: que una orden pudiera llevarnos a la guerra y que quizás no volviéramos a casa.
Yo estuve embarcado en el ARA Alférez Sobral y fui destinado a Puerto Parry, en la Isla de los Estados, para integrar la dotación que inició el asentamiento del Apostadero Naval ARA Comandante Luis Piedrabuena. También brindé apoyo logístico en Estancia Harberton y participé en navegaciones de abastecimiento por el canal Beagle, el cabo de Hornos y la Isla de los Estados.




El 22 de diciembre de 1978, cuando el enfrentamiento parecía inminente, la intervención de la Santa Sede abrió el camino para evitar la guerra. La mediación de San Juan Pablo II y el trabajo de quienes buscaron un entendimiento hicieron posible que argentinos y chilenos construyéramos la paz.
Por eso tiene tanto valor la Ley Provincial 1613, que instituyó el 22 de diciembre como Día del Participante del Conflicto del Canal Beagle. Es un reconocimiento largamente esperado para quienes servimos a la Patria y para nuestras familias, que también vivieron aquellos días de incertidumbre.
Hoy desfilamos con orgullo y emoción. En nuestros pasos estuvieron los camaradas ausentes, quienes nos esperaron y aquellos adolescentes que deseaban volver a casa. A las nuevas generaciones les dejamos nuestra historia y un pedido: que cuiden la paz y conozcan a quienes estuvimos allí.
“Argentina y Chile es Paz y Amistad”. Honrar nuestro servicio también es mantener viva la memoria, defender nuestra soberanía y sostener el diálogo entre pueblos hermanos.
Hoy desfiló aquel muchacho de dieciséis años que fui y que, en 1978, cumplió.
Por Juan Carlos Arcando


