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A 50 años de La Noche de los Lápices

Uno de los hechos más dolorosos y emblemáticos del terrorismo de Estado que se instaló en nuestro país con el golpe de estado del marzo de 1976, fue el que se registra en la historia nacional como “La Noche de los Lápices” iniciada el 16 de septiembre de 1976, día en que fue secuestrado un grupo de jóvenes militantes secundarios de la ciudad de La Plata y alrededores.

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Esa noche diez estudiantes de la Escuela Normal Nro 3 de la Plata fueron arrancados de sus hogares tras participar en una campaña por el boleto estudiantil. Tenían entre 14 y 17 años. Fue el comienzo de un operativo orquestado de conjunto por la Policía Bonaerense y el Batallón 601 del Ejército, en el marco de la última dictadura militar. El objetivo: secuestrar, torturar y asesinar estudiantes secundarios que militaban, se organizaban y luchaban por lograr una sociedad más justa.

El operativo fue dirigido por el general Ramón Camps, que calificó al suceso como lucha contra «el accionar subversivo en las escuelas». La que había sido la ciudad Eva Perón,  era ahora el reino del general Ibérico Saint James, autor de la terrible frase: “Primero mataremos a todos los subversivos, luego a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, luego a los indiferentes y por último a los tímidos”.

En el gobierno de Saint James había siniestros personajes como el general Camps y el comisario Miguel Etchecolatz. Fueron ellos los responsables directos del secuestro, tortura y muerte de estos jóvenes.  La mayoría de ellos provenían de hogares de clase media, no tenían problema en pagar el boleto de colectivo, pero sabían que había muchos de sus compañeros que no, que ya a esa corta edad tenían antigüedad en sus trabajos y que había que conseguir el boleto estudiantil para todos. Comenzaron a organizarse en cada colegio y del colegio al barrio y de ahí a la zona y nació así la Coordinadora de Estudiantes Secundarios que nucleaba a miles de ellos de todos lados y logró ese derecho. Fueron días de festejo acotado, corrido por gases y vigilado de cerca por la Triple A.

Producido el golpe, la estrategia fue suspender en agosto de 1976 la vigencia del boleto estudiantil y esperar la protesta y que los estudiantes volvieran a luchar por lo que les correspondía. Las razzias duraron dos meses y el pico de detenciones se produjo aquella noche de septiembre.

Recuerda Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes de aquel horror, que: “Hay un documento de la Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires que se llama específicamente La Noche de los Lápices. Ese documento, firmado por un comisario mayor Fernández, en ese momento asesor del Consejo del general Camps y Etchecolatz, hablaba de que luego de desarticulados política e ideológicamente los sectores “subversivos” como universitarios, barriales, trabajadores, la piedra angular eran los “potenciales subversivos”, que eran los estudiantes secundarios que eran líderes en sus escuelas. Ellos hablaban de “semillero”, de “potenciales subversivos”.

Los jóvenes secuestrados en aquella “Noche de los lápices” fueron arrancados de sus casas en la madrugada y llevados inicialmente a la “División cuatrerismo” de la policía bonaerense, donde funcionaba el centro clandestino de detención conocido como “Arana”. De allí pasaron a la División de Investigaciones de Banfield, tristemente célebre como el “Pozo de Banfield”. Allí conocieron el  horror en toda su inhumanidad

El 23 de septiembre cargaron a todos los estudiantes, maniatados y encapuchados, en un camión. Después de un rato, la marcha se detuvo. Alguien leyó una lista: Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Horacio Ungaro, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Claudio de Acha. Los hicieron bajar y nunca más se supo de ellos. Muchos años más tarde, la que era directora del Bachillerato de Bellas Artes, Elena Makaruk, declaró que se enteró «por comentarios» de la desaparición de los chicos.

En 1985 se realizó el Juicio a las Juntas, donde sólo se juzgó a los principales responsables militares, a los que encabezaban las juntas. En estos juicios, Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes, a través de su testimonio, logró que la Noche de los Lápices fuera conocida en su horrorosa dimensión al testimoniar lo sucedido, los secuestros y posterior tortura de él y sus compañeros, como así también la desaparición de los que no lograron sobrevivir.

Hoy gracias a sus testimonios, las investigaciones posteriores y relatos de otras víctimas, podemos asimilar, aceptar y comprender que lo que ocurrió tanto con las víctimas de la Noche de los Lápices en particular, como de la dictadura cívico-militar en general, fueron crímenes de lesa humanidad, que  Intentaron a través del terror, tortura, asesinato y desaparición forzada, eliminar todo rastro de esa generación que cuestionaba las condiciones de injusticia que padecían las mayorías empobrecidas y padecientes.

Las décadas de los 60 y 70, marcados por una enorme dinámica de la lucha de clases en nuestro país, en toda Latinoamérica y en gran parte del mundo, promovió la irrupción a la vida política de parte de la juventud, secundaria y universitaria, que comenzó a organizarse y a confluir con otros sectores, como el movimiento obrero, para enfrentarse contra los gobiernos y las políticas que atentaban contra los intereses de los excluidos y desfavorecidos.

La juventud se sumó a la participación y militancia activa en los partidos políticos y organizaciones sociales, cuestionando no sólo los regímenes autoritarios y dictatoriales, extendidos en América Latina, cuestionando las condiciones de vida a las que estaban sometidos los sectores desfavorecidos por el sistema capitalista. La influencia de los procesos como la Revolución Rusa, China, o Cubana en nuestro continente y el Mayo Francés o la Primavera de Praga, con la juventud como protagonista, fueron influencias decisivas y determinantes de la militancia juvenil que luchaba por un sistema de poder y un gobierno más justo y equitativo, que hiciera realidad una sociedad inclusiva, con mejor calidad de vida y progreso ascendente de la mayoría social. Muchos jóvenes ofrendaron su vida por sus ideales. 

El secuestro y desaparición de los/las estudiantes fue una tragedia nacional, que dejó una herida profunda y lacerante que atraviesa a la sociedad y no cicatriza.

La vigencia del legado es innegable, porque a pesar de todo, los lápices siguen escribiendo.

Ellos y ellas viven en nuestra memoria y en la historia de los argentinos.

En esta conmemoración ratificamos nuestra inconmovible fe humanista y compromiso cívico, trabajando por la defensa de las instituciones y la plena vigencia de los derechos humanos.

La memoria y la justicia, requisitos básicos para cimentar  un proyecto de vida compartido, demandan el esclarecimiento de ese pasado y el pronunciamiento de la justicia, como única reparación posible en un estado de derecho, para que la sociedad argentina y ninguna otra, en ningún lugar del mundo, sufran otra vez lo padecido.

Que el “Nunca Más” sea la herencia valiosa para que no se repita esa tragedia y esos horrores “nunca jamás”. Así contribuiremos a  garantizar una sociedad basada en la justicia social, con plena vigencia de los derechos humanos, en la que todas las personas puedan realizarse plenamente, en paz, igualdad y justicia.-

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