No es que hayan adquirido conciencia de clase. Todavía no. Tampoco organizaron un sindicato ni discutieron en una asamblea si aceptaban o rechazaban las condiciones laborales. Detrás de la protesta había, por supuesto, seres humanos. Pero la escena merece ser detenida durante unos segundos porque quizá diga bastante más de lo que pretendían sus organizadores.
Hemos llegado al momento en que necesitamos que un robot levante una pancarta para avisarnos que los robots pueden dejarnos sin trabajo. Algo no está funcionando bien. Desde hace años discutimos si las inteligencias artificiales piensan. Después discutimos si aprenden. También si pueden crear, escribir, pintar, diagnosticar, enseñar, conducir, conversar y hasta acompañarnos cuando estamos solos. Hemos dedicado cantidades industriales de palabras a establecer qué tienen las máquinas que antes suponíamos exclusivamente humano. Y mientras manteníamos esa discusión casi metafísica, ocurrió algo bastante menos metafísico: comenzaron a trabajar.
Y lo hacen rápido. No necesitan dormir, tener vacaciones, faltar porque un hijo tiene fiebre, enamorarse de un compañero de oficina, deprimirse un lunes, hacer huelga, pedir aumento de sueldo ni jubilarse. Tampoco tienen cáncer, cumpleaños ni madres que envejecen. Desde el punto de vista de la productividad, los seres humanos tenemos demasiados “desperfectos”.
Quizás allí se encuentre una de las preguntas centrales de este tiempo. No si las máquinas pueden llegar a ser humanas sino si, para determinada organización económica, los humanos nos hemos vuelto “demasiado humanos”. Ya estamos metidos hasta las orejas en el capitalismo digital, en un proceso vertiginoso donde las múltiples pantallas, los celulares inteligentes, las autopistas de conectividad y las inteligencias artificiales cambiaron nuestra relación con el tiempo, el conocimiento y el trabajo. Las máquinas resumen, clasifican, calculan, producen imágenes, escriben relatos y toman decisiones a una velocidad imposible para nuestros cerebros sinápticos.
Pero hay algo que conviene recordar: ninguna inteligencia artificial se despertó una mañana pensando que quería aumentar la rentabilidad de una empresa. Ningún robot decidió despedir a un trabajador. Ningún algoritmo tiene acciones en Wall Street. Detrás de la inteligencia artificial sigue existiendo algo bastante menos artificial: propietarios.
Las mismas corporaciones que durante estos años nos maravillaron con las posibilidades de sus inventos comenzaron también a advertirnos sobre sus peligros. Hace un tiempo algunos de los mayores expertos y empresarios del sector reclamaron a los gobiernos que regularan aquello que ellos mismos estaban construyendo. La escena era desconcertante: los dueños de las criaturas pedían que alguien les pusiera límites.
Ahora el movimiento parece haberse perfeccionado: directamente mandamos a las criaturas a pedirlos. Los robots marchan para que los humanos regulen a los humanos que utilizan robots. Frankenstein hubiera necesitado varias sesiones de terapia para entenderlo. Pero quizás estamos equivocando nuevamente el lugar de la pregunta. La historia de la humanidad está repleta de máquinas que reemplazaron trabajos. El tractor reemplazó brazos, la fábrica transformó oficios, la computadora hizo desaparecer tareas administrativas y nadie propondría hoy regresar a la máquina de escribir para recuperar los puestos laborales de los mecanógrafos.
La cuestión nunca fue detener la tecnología. La cuestión es quién se apropia de sus beneficios. Si una máquina consigue realizar en diez minutos el trabajo que una persona hacía en ocho horas, podrían ocurrir por lo menos dos cosas. Podríamos trabajar menos todos o podría trabajar uno solo mientras nueve quedan afuera. La tecnología es la misma. La sociedad es otra. Desde hace siglos nos prometen que el desarrollo tecnológico nos liberará del trabajo pesado. Que las máquinas realizarán las tareas repetitivas y nosotros tendremos tiempo para pensar, amar, estudiar, criar hijos, tocar la guitarra, mirar el cielo o simplemente perder el tiempo, esa maravillosa actividad humana que todavía no cotiza en bolsa.
Pero ocurrió algo curioso. Las máquinas se hicieron cada vez más eficientes y nosotros tenemos cada vez menos tiempo. Quizás el problema nunca fueron las máquinas. El problema es la distribución del tiempo que ellas liberan y de la riqueza que producen. La inteligencia artificial lleva esta vieja contradicción a un territorio nuevo porque ya no amenaza solamente los trabajos físicos. Durante mucho tiempo, una parte de la sociedad podía tranquilizarse pensando que la automatización reemplazaría tareas repetitivas. Ahora la inteligencia artificial escribe, traduce, programa, diseña, diagnostica, resume expedientes, produce imágenes, responde consultas jurídicas, corrige textos y prepara clases.
La amenaza llegó al llamado trabajo cognitivo. Llegó a quienes creíamos que el cerebro nos garantizaba cierta estabilidad laboral. Qué mala noticia para nuestro narcisismo. Los docentes lo supieron rápidamente. Los escritores también. Diseñadores, traductores, programadores, periodistas, administrativos, abogados, psicólogos, médicos comienzan a preguntarse qué parte de sus tareas puede realizar una inteligencia artificial. No significa necesariamente que esas profesiones desaparezcan. Significa algo quizá más profundo: deberán discutir nuevamente qué parte de su trabajo es irreductiblemente humana y, sobre todo, quién se quedará con el aumento gigantesco de productividad producido por estas herramientas.
Porque cuando una empresa anuncia orgullosamente que gracias a la inteligencia artificial necesita la mitad de trabajadores, suele olvidarse de completar la frase. La otra mitad necesita seguir viviendo. Comiendo. Pagando alquiler. Criando hijos. Enfermándose. Envejeciendo. Es decir, haciendo todas esas actividades improductivas que constituyen una vida. Por eso quizá la protesta de Varsovia tenga una potencia que excede ampliamente a sus organizadores. Los robots que marcharon no estaban pidiendo su libertad. Pedían la nuestra. Nos avisaban que el problema no es que algún día las máquinas se rebelen contra los seres humanos. Esa fantasía alimentó durante décadas películas y novelas de ciencia ficción. Tal vez el peligro sea bastante más sencillo: que nunca se rebelen. Que sean obedientes. Perfectamente obedientes. Que trabajen veinticuatro horas por día para quienes sean sus propietarios. La pregunta política del futuro no será entonces si la inteligencia artificial puede reemplazarnos. Ya sabemos que puede reemplazar algunas de nuestras tareas y que cada año podrá reemplazar algunas más. La pregunta será qué vamos a hacer nosotros con el tiempo y la riqueza que esas máquinas produzcan.
En Varsovia los robots caminaron en círculos frente al Ministerio de Asuntos Digitales. No pedían salario. No reclamaban vacaciones. No exigían jubilación ni mejores condiciones laborales. Llevaban pancartas para nosotros. Quizás convenga prestarles atención. Porque sería humillante que, después de haber inventado máquinas capaces de aprender, los últimos en aprender seamos nosotros.
Martín Smud es psicoanalista y escritor.


