Han pasado 168 años y las previsiones de Marx han resultado confirmadas por la historia. Hoy China es la economía más grande del planeta. Tomando como medida del PIB la paridad del poder adquisitivo (PPA) —que elimina las distorsiones del tipo de cambio del mercado y las diferencias del costo de vida—, el FMI calcula que la economía de China representa hoy el 19,9 % de la economía mundial; en tanto que la de EE. UU. alcanza al 14,5 %, y la de la Unión Europea (UE), el 14 %. En 1990, el PIB de China llegaba a solo el 3 % del total mundial, el de EE. UU. al 19 % y el de Europa al 23 % (FMI DataMapper, 2026). Si tomamos en cuenta a toda Asia, el PIB continental llega al 49 % del planeta.
Pero China no solo lidera actualmente en el tamaño del PIB, sino también en relación a los fundamentos materiales subyacentes del poderío de las naciones.
En lo que se refiere al valor manufacturero añadido, China genera el 29 % del valor total mundial, en tanto que EE. UU. y la UE aportan el 17 % cada uno (Statista Research, 2025). Se calcula que para 2030, ese poderío llegará al 45 % (ONUDI, 2024). No es un liderazgo exclusivo en la fabricación masiva de juguetes o electrodomésticos, sino también en las áreas de tecnología avanzada y el control de toda la cadena de valor de los productos. China ya es líder en 7 de las 10 industrias más avanzadas del mundo: sistemas de informática y electrónica, químicos, maquinarias y equipos, metales básicos, automotores, metales manufacturados y equipos electrónicos. Por su parte, EE. UU. encabeza la producción de tecnología y servicios de la información —en particular, diseño de chips para IA—, fármacos y otros sectores del transporte (ITIF, 2026).
Para el 2024, en China se fabricaron el 86 % de los paneles solares del planeta, el 80 % de las baterías eléctricas, el 72 % de los autos eléctricos, el 64 % de los smartphones, el 54 % de los robots industriales y el 49 % de los drones (El País, 25, IX, 2026).
En lo que respecta al consumo de electricidad, el ascenso de China ha sido espectacular. En el año 1990, el país consumía menos de 1000 teravatios-hora (TWh), mientras que EE. UU. consumía 3000 TWh. Para el 2025, China ha llegado a los 10 300 TWh, y EE. UU. se ha estancado desde hace 20 años en torno a los 4200 TWh (EIA, 2026).
Además de ello, China es el primer electroestado del mundo, al ser el mayor inversor mundial y el mayor productor de energías alternativas. China es un país que no produce petróleo y, en el último siglo, ha sido uno de los mayores extractores de carbón para generar energía. Sin embargo, en la última década, ha sido el país que más ha aportado a la transición energética global. La capacidad de generación de energía solar que hoy posee es de 1175 TWh, en tanto que el resto del mundo en conjunto genera solo 1600 TWh (Statista, IV, 2026). Hoy, China tiene un complejo productivo con una capacidad de fabricación de paneles solares al año de 1200 TWh, por lo que, superando problemas de almacenaje, en menos de 10 años podría fabricar la cantidad de paneles suficientes como para detener el cambio climático (Tooze, 19. IX, 2025). Ninguna nación del mundo posee hoy esa capacidad de reparación ecológica global.
En general, el crecimiento de la economía china representa entre el 25 % y el 30 % del aumento de la economía mundial. Desde 1990 hasta el 2025, el promedio de crecimiento del PIB ha sido del 8,5 %, llegando algunos años al 14 %, aunque en los últimos años se ha estabilizado en torno al 5 %. Este incomparable desarrollo le ha permitido multiplicar por 54 veces el tamaño de su economía desde 1990, en tanto que EE. UU. lo ha hecho 5,1 veces y la UE, 2,9 veces, en el mismo lapso de tiempo (World Bank, open data, 2026).
En una combinación planificada de apertura a la inversión extranjera, transferencia tecnológica, apoyo a la inversión privada nacional y creación de empresas estatales en áreas estratégicas de la economía, China ha alcanzado este liderazgo manteniendo una tasa de inversión anual que, durante más de dos décadas, se ha movido entre el 35 % y el 45 % respecto al PIB. En comparación, EE. UU. y la UE lo han hecho en torno al 17 % y al 22 %.
En términos de intercambio comercial, desde 1990 al 2025, China ha acumulado un superávit comercial de 9,7 billones de dólares. Solo en el 2025, con una guerra comercial declarada por parte de EE. UU., el superávit llegó a 1,1 billones de dólares (BBC, enero, 2026).
Estos flujos de ingresos le han permitido a China convertirse en el mayor acreedor bilateral del mundo, por encima del Banco Mundial o el FMI. Desde el año 1990 al 2025, China ha hecho préstamos comerciales por valor de 2,2 billones de dólares, incluidos a los EE. UU. (AidData, XI, 2025). Se trata de una cifra ya superior a los 1,3 billones que, en el mismo periodo, ha dispuesto EE. UU. como asistencia militar y económica a países aliados (USAFacts, IX, 2026). Así, mientras China ha creado una infraestructura global de provisión de materias primas y distribución de mercancías (“Ruta de la seda”), los EE. UU. han mantenido ejércitos y líderes serviles a sus designios políticos,
Pese a todo este poderío económico, China, a diferencia de lo que hizo EE. UU. en el siglo XX y, antes, el Reino Unido, no ha establecido aún la hegemonía global de su moneda, no ha desplegado bases militares para garantizar su supremacía política ni tampoco exporta su cultura, ni su sistema político, como modelo a imitar por el resto de los países.
Hoy, el dólar sigue desempeñando la función de moneda de reserva global para el 85 % de las operaciones cambiarias del mundo, cobija el 58 % de las reservas internacionales de los bancos de los Estados y es el operador monetario del SWIFT para la mayoría de los pagos globales (BIS, 25, II, 2026). Pero, China, domésticamente, ya ha creado el segundo mercado de bonos de renta fija más grande del planeta, valorado en 28 billones de dólares, detrás del de EE. UU., que mueve 61 billones de dólares (Deutsche Bank, VII, 2026). Igualmente, posee 3 de los 10 centros financieros más importantes del mundo (Shanghái, Hong Kong y Shenzhen).
En cuanto a las bases militares en el extranjero, China tiene 3, frente a las 750 de los EE. UU. y, de momento, no se la ve interesada en exportar su forma de organización política llamada “socialismo con características chinas”. Y respecto a la expansión cultural, esta recién comienza —videojuegos, estética asiática, plataformas digitales de compra rápida— a medida que el mercado interno cobra importancia para el crecimiento económico. En EE. UU., el consumo interno de los hogares representa el 69 % del PIB; en China, el 40 % (Banco Mundial, 2026). Comparativamente, hace veinte años atrás, el ingreso per cápita de China respecto al de EE. UU. era de 1 a 20. Hoy es de 1 a 3,5. En menos de 50 años será de 1 a 1 (Milanovic, 2026). Todo apunta a que el “Gran Rejuvenecimiento de la Nación China”, con el que sus gobernantes miran la restauración de la grandeza global de su país, no se mide con el apuro de las décadas, sino con la obstinada paciencia de los siglos.
No cabe duda de que China es ya hoy el centro del mundo. Y, frente a ello, no deja de ser patético ver a las élites reaccionarias latinoamericanas desesperarse por conseguir una visa a EE. UU. o comprar un departamento en Madrid para subir su estatus de “modernidad”. Corren enajenados detrás de espejuelos de países que ya solo son “pequeños rincones” del mundo.
*Publicado en la revista Ant/agón, de Red, España.


